Europa, política energética y energía política
14/03/2006
Fuente: Josep Borrell, en Estrella Digital
El debate sobre las OPAs y contraopas en el sector eléctrico, Endesa, Gas Natural y E.On, Gaz de France y Suez, la crisis de comienzos de año sobre el gas ruso, han puesto de actualidad la necesidad de construir una política energética europea. Y, al mismo tiempo, en la crisis que vive el proyecto europeo, hasta el mercado único, la gran consecución de la década pasada, parece tambalearse ante las tentaciones proteccionistas entre los Veinticinco.
Pero este debate no es solamente nacional ni europeo. La controversia desatada en EEUU por la compra por una sociedad de los Emiratos Árabes Unidos de algunos de sus puertos así lo demuestra. Las sociedades parecen reacias a aceptar las consecuencias de la liberalización de los mercados. En una reciente encuesta, el 69% de los franceses se mostraban favorables a que el Estado pudiera tomar el control de una empresa para frenar que lo haga otra extranjera, aunque fuese europea.
Para algunos, el rechazo generalizado a las OPAs transfronterizas en beneficio de la formación de campeones nacionales y el patriotismo económico que emerge es la defunción definitiva de la Europa-actor mundial. No estoy seguro de que sea así. Al contrario, los acontecimientos de las últimas semanas demuestran que la Europa reducida a mero mercado no es viable.
Quizás gran parte del problema venga causado por las políticas llevadas a cabo en Europa en la última década, impulsadas por las instituciones europeas. Se pretendió liberalizar y romper los monopolios nacionales (mercado eléctrico, energético, telecomunicaciones, etc.) sin poner los medios necesarios para ello. No se invirtió en la formación de las redes europeas necesarias, sin las interconexiones intrafronterizas necesarias, sin establecer medidas para lograr una gobernanza adecuada de las empresas europeas... En definitiva, sin tener una visión europea a la altura de los tiempos de la globalización.
Un claro ejemplo es el mercado eléctrico. Pese a encontrarse en su fase final, los consumidores no se han visto beneficiados de precios más bajos y de una mejor calidad del servicio. La economía europea en su conjunto no ha recibido sus frutos a través de una mayor competitividad y una bajada de precios.
Además, no existe un mercado europeo integrado, sino más bien una serie de mercados nacionales con conexiones bilaterales, en el mejor de los casos. Los antiguos monopolios siguen dominando los mercados y los nuevos proveedores encuentran enormes dificultades para alcanzar al consumidor final, ya que los antiguos mantienen el control de facto de las redes de suministro. La competencia transfronteriza no es significativa, los nuevos entrantes no obtienen las capacidades de tránsito necesarias para el gas o para la electricidad, las interconexiones son insuficientes y los grandes consumidores a menudo están vinculados por contratos a largo plazo previos a la liberalización.
Así que después de tanta liberalización son los oligopolios los que triunfan. Quizás algo de razón hay en las teorías de los monopolios naturales, y el sector eléctrico no es como el de las telecomunicaciones, donde el progreso técnico ha sido espectacular.
Hasta hace un tiempo la situación no alarmaba a nadie. Pero todo cambió con la escalada de los precios del petróleo. Los precios del megawatio/hora se triplicaron, las tarifas aumentaron pero sin realizar las inversiones en las redes e interconexiones que eran tan necesarias.
Si esto se hubiera logrado, las actuales fusiones habrían podido hacerse a escala europea. Y sin embargo hoy son las soluciones nacionales las que triunfan, impulsadas por gobiernos que consideran que la cuestión energética es estratégica a la escala de cada país.
Para que Europa asegure sus suministros, controle el elevado impacto medioambiental del sector energético y mantenga un crecimiento económico sostenible con unos precios de la energía elevados... sólo cuenta, hasta ahora, con la política de la competencia.
Pero la política de la competencia no lo resuelve todo. Los problemas que aquejan a Europa no sólo son de abuso de posición dominante. Los métodos de intervención de la acción pública no pueden quedar circunscritos al papel de un regulador imparcial... al menos en los sectores estratégicos. Los excesos de las últimas semanas lo demuestran.
La ausencia de base legal para desarrollar una política energética europea, que la Constitución sí contemplaba, nos ha llevado a la difícil realidad actual.
Por ello, pese a sus carencias, la reciente presentación por la Comisión del libro verde sobre el desarrollo de una política energética europea es un buen primer paso. Como se recoge en dicho documento, en los próximos 20 años necesitaremos un billón de euros para cubrir la demanda energética prevista y sustituir las infraestructuras obsoletas. ¿Quién y cómo los va a pagar?
Además de inversiones, la realización de una política energética europea requerirá de mucha energía política.
Sobre la mesa no está sólo la propuesta de la Comisión. El Gobierno polaco ha propuesto una organización euro-atlántica de seguridad energética destinada a garantizar el aprovisionamiento, abierta también a EEUU y Turquía. Sería una “OTAN de la energía”. Esta cuestión ha sido discutida recientemente en las visitas que el presidente Kaczyski ha realizado a Alemania y Francia y en la III cumbre hispano-polaca recientemente celebrada en Granada.
La iniciativa de Varsovia muestra los temores que provocó el corte del suministro de gas ruso en enero. Pero sus soluciones tampoco son unánimemente aceptadas. Países como Hungría no ven clara la propuesta polaca.
Veremos qué medidas son capaces de tomar los jefes de Estado y de Gobierno en los próximos meses. Pero sólo si la UE es capaz de adoptar planteamientos comunes podrá solucionar los problemas de su energía.
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